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INTRODUCCIÓN AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN

“Evangelio” es la proclamación de una buena nueva y, según la expresión del evangelio de san Marcos, esa buena nueva tiene como centro a “Jesús Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1,1).

Con esas mismas palabras termina la primera conclusión del evangelio de san Juan, que lo sitúan en ese mismo género literario: “Estos (signos) han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (20,31).

En efecto, en el cuarto evangelio se encuentran los elementos que constituían el “kerygma apostólico”, primer anuncio sobre la vida y la obra de Jesús de Nazaret, y que se leen en los discursos de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,14-36; 3,12-26; 4,8-12; 5,29-33; 10,34-43; 13,16-41).

Esos elementos esenciales son:

1. La aparición de Juan el Bautista invitando a la conversión (1,19-28).
2. La alusión a la venida del Espíritu Santo sobre Jesús, que lo mostraba como el Mesías y el Siervo de Dios (1,29-34).
3. La proclamación del Reino de Dios y la operación de “signos y prodigios” que manifiestan el poder y la “gloria” en Jesús, Enviado de Dios (2,11.23; 3,2.5; 12,37).
4. El ministerio de Jesús en Galilea (1,43–2,12; 4,3.46-54; 6,1-71) y en Jerusalén (2,13–3,21; 5; 7-12).
5. El relato de la pasión, muerte y resurrección (18,1–20,10).
6. Las manifestaciones de Jesús resucitado a sus discípulos y la misión confiada a los apóstoles con el don del Espíritu Santo (20,19-31).
La obra de Juan se presenta, pues, como un verdadero “evangelio”.

I. PLAN DEL CUARTO EVANGELIO

Atendiendo a la última redacción de la obra como ha llegado hasta nosotros, el evangelio de san Juan presenta dos grandes partes: el libro de los signos (1,19–12,50) y el libro de la gloria (13,1–20,31), precedidas por un prólogo (1,1-18) y seguidas por un epílogo (21,1-25).

1. EL PRÓLOGO (1,1-18)

El prólogo es un “himno al Verbo hecho carne”. Este himno, nacido en la escuela de san Juan, ha sido colocado como obertura del evangelio y es una admirable síntesis teológica sobre la persona de Jesús.

2. EL LIBRO DE LOS SIGNOS (1,19–12,50)

Esta parte recibe el nombre de “libro de los signos” en virtud de la conclusión con la que el evangelista ha cerrado su escrito: “Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús ante sus discípulos” (20,30).

En efecto, a lo largo de los capítulos 1–12 se hace mención a los signos obrados por Jesús con el fin de suscitar la fe en sus discípulos y comunicarles así vida eterna. Es verdad que, en esta parte, el evangelista no solamente narra los signos realizados por Jesús, sino que transmite también numerosos diálogos y discursos; sin embargo, las alusiones a los signos son como la tela de fondo de esta sección. Además de las referencias a los signos en general (2,23; 3,2; 4,48; 6,2.14.26; 7,31; 9,16; 11,47; 12,37), el evangelista narra siete signos en detalle:

1. El agua convertida en vino en Caná (2,1-11).
2. La curación a distancia del hijo de un funcionario regio (4,46-54).
3. La curación del paralítico de Bethesdá en Jerusalén (5,1-15).
4. La multiplicación de los panes en Galilea (6,1-15).
5. El caminar sobre las aguas del lago de Tiberías (6,16-21).
6. La curación del ciego de nacimiento en Jerusalén (9,1-41).
7. La resurrección de Lázaro en Betania (11,1-44; 12,18).

Las alusiones generales a los signos y los narrados en particular aparecen sembrados a lo largo de doce temas mayores [1].

1. Semana inaugural: la epifanía de Jesús (1,19–2,11.12).
2. El signo del templo (2,13-22).
3. Jesús y Nicodemo (2,23–3,21).
4. Último testimonio del Bautista (3,22-36).
5. La revelación a los samaritanos (4,1-42).
6. La curación del hijo de un funcionario regio (4,43-54).
7. El signo de Bethesdá (5,1-47).
8. El pan de la vida (6,1-71).
9. La semana de los Tabernáculos (7,1–10,21).
10. La fiesta de la Dedicación (10,22-42).
11. La resurrección de Lázaro (11,1-54).
12. Los últimos días (11,55–12,50).

3. EL LIBRO DE LA GLORIA (13,1–20,31)

La segunda parte del cuarto evangelio puede ser llamada “libro de la gloria”, porque la muerte de Jesús y su regreso al Padre –temas que corren a través de estos capítulos– son considerados esencialmente por el evangelista como una “exaltación” (3,14; 8,28; 12,32.34) y una “glorificación” (7,39; 12,16.23.28; 13.31.32; 17,1.5.24).

Tres secciones integran el “libro de la gloria”:

1. La última cena, los discursos de despedida y la oración de Jesús al Padre (13,1–17,26).
2. La narración de la pasión de Jesús (18,1–19,42).
3. La semana de la resurrección (20,1-31).

4. EL EPÍLOGO (21,1-25)

El epílogo presenta varias escenas posteriores a la resurrección con un denso contenido doctrinal eclesiológico.

II. TEOLOGÍA DEL EVANGELIO DE SAN JUAN

Un breve apartado sobre “la teología del cuarto evangelio”, en una introducción al mismo, no puede aspirar a ser una síntesis completa de la doctrina del evangelista. Por esta razón, nos limitaremos a señalar sólo las pistas más relevantes del pensamiento teológico del evangelio de Juan.

1. ¿QUIÉN ES DIOS?

El evangelio de san Juan –se puede afirmar– es por antonomasia “el evangelio de la revelación de Dios como Padre”, y Padre del Verbo encarnado: Jesús [2].

Desde el himno al Verbo hecho carne se encuentra ya la identificación de Dios con la persona del Padre y Padre del Verbo, Jesucristo:

“Y el Verbo se hizo carne y puso su morada entre los hombres, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Único engendrado, lleno de gracia y de verdad” (1,14). Y “la gracia y la verdad nos han llegado por Jesu-Cristo” (1,17).

A partir del capítulo primero, el evangelista va descubriendo poco a poco al Dios de la Escritura como “Padre” y “el Padre de Jesús”, hasta llegar a la culminación de su revelación en los discursos de despedida, en donde el título “Padre” es mencionado hasta 51 veces (Jn 13,31–17,25).

Íntimamente vinculado con el Padre aparece en el evangelio de Juan “el Paráclito, el Espíritu de la verdad, el Espíritu Santo”, que procede del Padre, y que el Padre dará y enviará a los discípulos de Jesús (Jn 14,17.26; 15,26). Desde esta perspectiva, el evangelio de Juan se revela esencialmente trinitario.

2. ¿QUIÉN ES JESÚS?

El cuarto evangelio se presenta esencialmente como un evangelio “cristológico”. Todo él constituye una revelación de quién es Jesús. Su persona está en el centro de su teología [3]. Jesús aparece desde el himno inicial como Alguien en relación con Dios. En efecto, Jesús es el Verbo eternamente existente en Dios, y él mismo es Dios (1,1); ese Verbo se hizo carne para habitar en medio de los hombres (1,14); es el Unigénito-Dios que está en el seno del Padre (1,18).

En el cuerpo del evangelio, Jesús aparece ante todo como el Hijo de Dios. Dios es nombrado “Padre” en relación a Jesús 98 veces, y Jesús es llamado “Hijo” 25 veces. Siendo el Hijo uno con el Padre- Dios, no es raro que en varias ocasiones Jesús se proclame en forma absoluta “Yo Soy”, atribuyéndose así el equivalente del nombre divino y situándose en el mismo nivel del Dios “Que Es” (8,24.28.58; 13,19; Is 43,10.25; 45,18).

Jesús es también el Hijo del hombre (13 veces), es el Mesías-Rey, el Ungido-Cristo anunciado en la Ley y en los Profetas (1,41.45; 4,26; 20,31); es el Maestro y el Señor (13,13; 20,28).

Finalmente, a lo largo del evangelio Jesús se presenta con siete títulos que manifiestan sus funciones salvíficas en relación a los hombres: “Yo soy el pan de la vida” (6,35.51); “Yo soy la luz del mundo” (8,12); “Yo soy la puerta” (10,7.9); “Yo soy el buen pastor” (10,11.14); “Yo soy la resurrección y la vida” (11,25); “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (14,6); “Yo soy la vid verdadera” (15,1.5).

Para completar esta visión del misterio de Jesús es necesario aludir a sus relaciones con el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo es mencionado trece veces en estrecha relación con Jesús: o que lo recibe, o que lo promete, o que lo entrega (1,32.33; 3,5.6.8.34; 7,39; 14,17.26; 15,26; 16,13; 19,30; 20,22).

3. JESÚS, EL CORDERO DE DIOS

Es impresionante cómo la presentación primera que el evangelista ofrece de Jesús es como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (1,29). La riqueza de este símbolo, uno de los principales en la cristología de Juan, sólo es perceptible a la luz de la revelación del Antiguo Testamento.

En efecto, Juan ha fusionado en una sola realidad la imagen del Siervo sobre quien Yahveh puso su Espíritu (Is 42,1) y sobre quien “descargó la culpa de todos nosotros y el pecado de muchos” (Is 53,6.12), y la del Cordero expiatorio, víctima de expiación por los pecados (Lv 14,12ss). Además, Juan descubrirá que Jesús es el nuevo Cordero de Pascua, símbolo de la liberación de Israel, cuya inmolación en la cruz coincidirá con el momento mismo en que se sacrificaban las víctimas pascuales en el templo de Jerusalén (19,14), y a quien no se le debería romper ningún hueso (Jn 19,36). Parece, finalmente, que tras esta presentación de Jesús-Cordero que quita el pecado del mundo, Juan piensa en la víctima cuyo sacrificio sella la nueva Alianza anunciada por los profetas (Jr 31,31.34).

4. EL ESPÍRITU SANTO, PRINCIPIO DE PURIFICACIÓN

Pero ¿cómo quita el pecado del mundo? Este misterio de purificación es puesto de manifiesto cuando el evangelista escribe: “El que me envió a bautizar en agua, ése me dijo: ‘Sobre quien vieres al Espíritu descender y posarse sobre él, ése es el que bautiza en Espíritu Santo’” (1,33). Bautizar es lavar, limpiar, purificar. ¿Cómo purificará Jesús en Espíritu Santo?

La respuesta se obtiene acudiendo a ciertos textos clave del AT, particularmente de Ezequiel, quien nos da la formulación más precisa: “Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo... Pondré dentro de vosotros mi Espíritu y os haré ir por mis mandamientos... y seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36,26-27; cf. Is 32,15-19; 44,3-5). La misión, pues, de Jesús-Mesías, el Siervo de Dios, será purificar, lavar, bautizar a los hombres en ese Espíritu, con ese Espíritu, mediante ese Espíritu, con la donación y efusión de ese Espíritu divino.

5. LA DONACIÓN DEL ESPÍRITU Y LA GLORIFICACIÓN DE JESÚS

Pero esa donación estaba condicionada a la glorificación de Jesús. Así lo expresa claramente Juan en el pasaje en el que presenta a Jesús diciendo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y que beba el que cree en mí”. Y comenta: “Como dijo la Escritura: ‘De su vientre correrán ríos de agua viva’. Esto lo dijo del Espíritu que iban a recibir los que habían creído en él, pues todavía no había Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).

A la luz de este texto no es difícil encontrar, además del significado llano, el sentido profundo y simbólico de dos expresiones en el relato de la exaltación de Jesús en la cruz: primero, en el momento de expirar; segundo, cuando brota agua del costado de Jesús muerto.

Juan ha escogido bien los términos para depositar en ellos un sentido profundo, cuando escribe “Y, habiendo inclinado la cabeza, entregó el Espíritu”. Es una expresión ambivalente: en el sentido obvio, Jesús expira, entrega el hálito vital, muere; en el sentido profundo, Jesús entrega, da, comunica al mundo el Espíritu, el don de Dios que ha conquistado con la donación voluntaria de su vida.

Y respecto al agua brotada del costado de Jesús muerto, es también una referencia al Espíritu, ya que en el cuarto evangelio el agua es símbolo del Espíritu (1,32-33; 3,5.8; 4,10.23; 7,37-39). En nuestro texto, el agua que brota del costado de Jesús es el símbolo del Espíritu que procede de Jesús glorificado (19,34). Es fácil descubrir alusiones discretas al sacramento del “bautismo-nacimiento de lo Alto” en las referencias al Espíritu, simbolizado en el agua que da Jesús.

Desde esta perspectiva, cobra todo su sentido la acción simbólica y eficaz de Jesús resucitado, que sopla sobre sus apóstoles la tarde del domingo de su resurrección y les dice: “Recibid al Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (20,22-23). El soplo material es un símbolo del don del Espíritu que Jesús comunica como fruto de la obra salvífica que el Padre le ha encomendado.

Es también el cumplimiento de otra promesa: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy el Paráclito no vendrá a vosotros, pero si me voy os lo enviaré” (16,7). En ese momento comenzó una nueva creación. El soplo de Jesús es un eco del soplo divino sobre el primer hombre (Gn 2,7). El Espíritu de Dios viene nuevamente, pero ahora enviado también por Jesús, para dar al mundo vida, vida nueva, vida eterna, vida divina, la vida que brota del Padre y que ha comunicado al Hijo en plenitud (Jn 5,21.26; 6,54; 10,10).

6. EL ESPÍRITU, FUENTE DE VIDA ETERNA Y PRINCIPIO DE ADORACIÓN AL PADRE

El agua que Jesús promete a la samaritana es símbolo del Espíritu Santo. Esa agua viva, arcana por su origen, puesto que no viene de un pozo, sino que Jesús la da, es también misteriosa por su naturaleza, pues es “el don de Dios” que quitará la sed para siempre; más aún, se convertirá en quien la beba en una fuente brotante de vida eterna (4,10-14). Ese don de Dios está en el creyente como principio dinámico de un culto nuevo y auténtico, propio de la era mesiánica instaurada por Jesús. Es lo que proclaman las palabras de Jesús: “Pero llega una hora, y ahora es cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y Verdad” (4,23).

7. JESÚS: NUEVA ESCALA, NUEVO ALTAR, NUEVA CASA DE DIOS

Desde el principio del evangelio, Jesús dice a Natanael: “En verdad, en verdad os digo: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (1,51). El texto alude al pasaje de Jacob en Betel (Gn 28,11-19) y enseña que, en la era mesiánica, Jesús mismo será el nuevo Lugar, el auténtico Bet-El (= Casa de Dios y Puerta del cielo) sobre el que los cielos se han abierto. Él será la piedra ungida, el altar donde se localice ahora la presencia divina y los hombres podrán ver a Dios. Él será, finalmente, la nueva escala que establecerá la comunicación fácil y segura entre Dios y los hombres.

Es lo mismo que Jesús quiso decir cuando pronunció aquella palabra enigmática: “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré” (2,19), a propósito de lo cual comenta el evangelista: “Pero él hablaba del santuario de su cuerpo” (2,21-22). En la era nueva, en los tiempos mesiánicos, el nuevo templo –más aún, el nuevo santuario, el auténtico y verdadero– es el cuerpo glorificado de Jesús. A él hay que acudir para encontrar a Dios, pero no el Dios del Antiguo Testamento, sino el Dios que Jesús nos ha revelado: “el Padre”.

Por eso, con toda razón, a Felipe, que le instaba a Jesús: “¡Señor, muéstranos al Padre y nos basta!”, el Maestro le responde: “¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (14,8-9). Al Padre, pues, se le encuentra en Jesús. Y la razón última de esto es porque, como él ha dicho, “¡yo y el Padre somos uno!” (10,30), y “creed en las obras para que sepáis y conozcáis que en mí está el Padre y yo en el Padre” (10,38). Por eso, si por una parte Jesús es “el camino” y nadie va al Padre sino por él (14,6), por otra él afirma: “Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo atrae” (6,44.65).

8. LA MISIÓN DE JESÚS ES OBRA DEL PADRE

Esta unión tan estrecha hace que la misión de Jesús no sea sino la obra misma del Padre (4,34; 5,36; 17,4). Si el Padre y Jesús son uno, de ahí se sigue que el mensaje, la doctrina, las palabras de Jesús, sean las palabras del Padre: “Yo no hablé de mí mismo, sino que el Padre que me envió me ordenó qué decir y qué hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, como me lo ha dicho el Padre, así lo hablo” (12,49-50; cf. 8,55; 14,10).

Siendo así, se comprende que “si alguno guarda mi palabra, no gustará la muerte jamás” (8,52), y que los verdaderos discípulos de Jesús serán aquellos que permanezcan en su palabra (8,31), y por ellos Jesús elevará su oración sacerdotal: “Yo les he dado tu palabra... Santifícalos en la Verdad. Tu Palabra es Verdad. Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en verdad” (17,14-19).

Para Juan, Jesús es la Palabra del Padre y es la Verdad del Padre. Por tanto, lo que Jesús afirma es que, al darles a sus discípulos la Palabra del Padre, se ha dado a sí mismo, y su oración es que el Padre se digne consagrarlos en la Verdad –o sea, en Jesús mismo, que es la Verdad– como Jesús se santifica, esto es, se consagra al Padre en favor de ellos, es decir, que se separa del mundo y se da y se ofrece voluntariamente en sacrificio para bien de ellos.

9. LA EXALTACIÓN DE JESÚS EN LA CRUZ Y SU GLORIFICACIÓN, CORAZÓN DEL PLAN SALVÍFICO DE DIOS

Aquí se conecta otra idea: la del regreso de Jesús a su Padre a través de la entrega de su vida en la cruz y la recuperación de la misma por su resurrección y ascensión. Con esto tocamos el punto central de la misión de Jesús y el corazón del plan salvífico de Dios.

Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo porque el Padre lo envió a cumplir una misión, a realizar una obra: “Por eso el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo. Este mandato recibí de mi Padre” (10,17-18). Y “su mandato es vida eterna” (12,50). ¿Y por qué da su vida y la vuelve a tomar? Porque Jesús es el pastor bueno que entrega su vida por sus ovejas (10,11), para que “ellas tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10). Y él les puede comunicar esa vida porque él mismo es la vida, fuente de la vida, la luz del mundo que proyecta vida (8,12; 9,5; 12,35-46; 14,6), y “como el Padre tiene vida en sí mismo, así también dio al Hijo tener vida en sí mismo” (5,26). No es de maravillar, por tanto, la solemne afirmación de Jesús a Marta: “Yo soy la Resurrección” (11,25). Él es la resurrección justamente porque es la Vida, y así puede agregar: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente” (11,25-26).

Pero todo este plan de oblación y de entrega, de donde brotará la vida, está pendiente de un momento determinado que Jesús gusta llamar repetidamente su “hora”, hora para la cual ha venido y que el Padre le ha determinado (12,27); hora en la que le tomarán para darle muerte en la cruz (7,30; 8,30; 12,32), pero una muerte que será “exaltación y glorificación del Hijo del hombre” (12,23.32; cf. 8,28-29), porque no será sino “su paso de este mundo al Padre” (13,1).

Pero no solamente glorificación del Hijo, sino también glorificación del Padre. Por eso exclamó dirigiéndose a él: “¡Padre, ha llegado la hora! Glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti!” (17,1). Y en otro sitio: “¡Padre, glorifica tu nombre!”. Vino entonces una voz del cielo: “Y lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré” (12,28; cf. 8,28-29; 13,31-32). El Padre será glorificado con la muerte y glorificación del mismo Jesús. Eso será la manifestación estupenda del amor que el Padre tiene al mundo.

Con esto tocamos uno de los textos más ricos sobre el misterio de Jesús, Hijo del hombre, exaltado en la cruz: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio al Hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca, sino tenga vida eterna” (3,14-16).

Este texto es un condensado del plan salvífico decretado por Dios desde la eternidad, y del que había hecho un anuncio oscuro en la serpiente de bronce levantada en un mástil ante cuya vista podían mantener la vida los mordidos por las serpientes del desierto (Nm 21,9).

Pues bien, la muerte de Jesús en la cruz no es un acontecimiento accidental e imprevisto, sino que obedece a una “necesidad” del plan divino: “es preciso”, dice el texto. Pero esa muerte es una “elevación”, una “exaltación”, fuente de glorificación para el Padre y para el mismo Jesús (12,23.28). Y ese misterio de muerte-exaltación lleva una finalidad: dar vida eterna. Con una condición: “creer en Jesús”, aceptarlo y entregarse, sabiendo que quien cree en Jesús no cree en él, sino en el que lo envió, y que quien ve a Jesús ve al que lo envió (cf. 12,44-45).

Pero la razón última que explica satisfactoriamente la “exaltación en la cruz” es el amor con el que Dios ha amado de tal manera al mundo que le ha hecho el regalo de su Hijo unigénito. ¡El Hijo de Dios elevado en la cruz es el don espléndido del amor del Padre a la humanidad entera! Hay más: el elevado en la cruz es el Hijo unigénito, sí, pero también es el Hijo del hombre, es decir, un hombre para todos los hombres, un hermano para todos los hermanos. De este principio brotan dos consecuencias fundamentales: el universalismo de la salvación y el “nuevo hombre”.

10. UNIVERSALISMO DE LA SALVACIÓN

La humanidad entera es el objeto del amor del Padre y de la obra salvífica de Jesús. Esparcidas a través del cuarto evangelio encontramos expresiones que subrayan ese universalismo. Juan Bautista dice al presentar a Jesús: “¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” (1,29), esto es, el pecado como tal, en su totalidad y en su universalidad.

Los samaritanos confiesan: “Éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (4,42). Jesús mismo dice: “Tengo otras ovejas que no son de este aprisco (Israel); a éstas también es preciso que yo las guíe, y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor” (10,16).

Pero ese universalismo salvífico estaba pendiente de la donación de su vida. Ya el evangelista descubre en la palabra del sumo sacerdote: “Os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación” (11,50), una profecía según la cual “Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios dispersos” (11,51-52).

Y Jesús mismo lo anuncia cuando dice: “El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (6,51). Y el domingo de las palmas proclama solemnemente la fecundidad de su inmolación en la cruz: “En verdad, en verdad os digo: Si el grano de trigo caído en la tierra no muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto... Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera y yo, si fuere exaltado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (12,24.31-32).

Estos pasajes sobre el futuro rebaño único y universal, unidos a los textos sobre Pedro-Roca-Pastor (1,42; 21,15-17) y sobre los discípulos-enviados (4,35-38; 17,20-21) con el poder de perdonar los pecados (20,21-23), fundamentan la eclesiología del cuarto evangelio.

11. JESÚS, EL NUEVO HOMBRE

Aquí se conecta la idea del “nuevo hombre” que lucha y vence al príncipe de este mundo, al demonio. Satanás tuvo un papel en la muerte de Jesús: él fue quien inspiró al traidor (13,2.27). Pero el que creía vencer resultó vencido, pues Jesús murió, pero luego resucitó, y con su muerte dio vida al mundo.

Para Juan, durante la semana de la glorificación por la cruz se jugó un drama decisivo, en el que tomaron parte personajes tipo, presentados mediante títulos de significado simbólico: el Hijo del hombre (12,23.34; 13,31), la mujer (19,26), el discípulo a quien Jesús amaba (13,23), el príncipe de este mundo (12,31; 14,30; 16,11).

Pues bien: parece que este drama es la contrapartida del drama de los orígenes de la humanidad. Se libra un combate en el cual el príncipe de este mundo –la antigua serpiente– será arrojado fuera (12,31; el Hijo del hombre, el “nuevo hombre” el nuevo Adán, saldrá victorioso y atraerá a todos hacia sí (12,32; 16,33. A esta obra grandiosa está asociada una mujer que tiene misión de madre: una nueva Eva, principio de vida. Y surgirá una nueva descendencia fiel, representada por el discípulo a quien Jesús ama.

12. MARÍA, MADRE DE JESÚS, MADRE DE LOS CREYENTES

En esta amplia perspectiva, brilla en todo su fulgor el papel de María, la madre de Jesús, al pie de la cruz. El texto es de importancia capital: “Jesús, habiendo visto a la madre, y allí presente al discípulo que amaba, dice a la madre: ‘1Mujer, he ahí a tu hijo!’. Luego dice al discípulo: ‘¡He ahí a tu madre!’” (19,26-27).

Es ésta una de esas palabras del cuarto evangelio que se sitúan en dos niveles que miran dos perspectivas y entrañan dos sentidos homogéneos.

1. En el sentido llano, Jesús, a punto de expirar, confía su madre con amor filial al discípulo que más quiere. Y él la acepta: “Y desde aquella hora la recibió el discípulo en su casa”.

2. En el sentido profundo, que ocupa el primer lugar en las intenciones teológicas del evangelista, Jesús invita a “la Madre” a que intervenga con un papel maternal respecto al discípulo fiel y creyente que juega, en esos momentos trascendentales, el papel de “tipo” y representante de los futuros discípulos. En otras palabras, María es declarada en esos momentos madre espiritual de la Iglesia que está por nacer. Desde el día de la encarnación, María, al ser madre de Jesús, queda convertida en madre de su cuerpo (la Iglesia), pero al pie de la cruz, cuando Jesús engendra definitivamente a su Iglesia, María recibe oficialmente su misión maternal respecto de la misma. María no es aquí únicamente la madre de Jesús, sino que es “la mujer”, “la compañera”, unida a Jesús en su acto supremo de salvación.

13. LA EUCARISTÍA: CARNE Y SANGRE DEL HIJO DEL HOMBRE

La mención de la madre de Jesús como mujer asociada a la obra mesiánica de su Hijo nos pone en relación con la escena enigmática de Caná. Cuando María presenta a su Hijo el embarazo de los esposos por no tener ya vino, Jesús toma la palabra de su madre en un plano diferente, como si ella le sugiriera que proporcionara un vino que sólo podrá dar cuando llegue su hora, la hora de su exaltaciónglorificación (13,1). Por eso Jesús se niega mediante una palabra oscura: “¡Qué hay entre tú y yo, mujer! ¡Todavía no llega mi hora!” (2,4). Sin embargo, Jesús da un vino excelente en calidad y abundante en cantidad. ¿Qué realidad mesiánica se escondía en el vino de Caná?

Hay que observar que el milagro de los panes (6,1-59) corresponde exactamente al signo de Caná. En éste, Jesús proporciona vino en abundancia; en aquél, pan. Ahora bien, así como el evangelista relaciona el pan milagroso con la muerte de Jesús: “El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (6,51; cf. 6,62.71), así también el signo de Caná está relacionado con el mismo momento: “¡Todavía no llega mi hora!”. Por lo tanto, así como el pan del milagro simboliza la carne de Jesús, ofrecida en la cruz y como anticipo en la última cena, así también el vino de Caná es figura y anuncio de la sangre de Jesús, ofrecida en la cruz y como anticipo en la cena. Consiguientemente, como el pan de la multiplicación es figura del pan eucarístico, así el vino de las nupcias es símbolo del vino de la eucaristía.

Y ese mismo simbolismo tiene la sangre brotada del costado abierto de Jesús en la cruz. Si la sangre atestigua la realidad del sacrificio del Cordero ofrecido por la salvación del mundo, y si la sangre es expresión de una deuda saldada, en el evangelio de Juan la sangre de Jesús es principio de vida y de vida eterna (6,53-54a), es principio de resurrección escatológica (6,54b), es verdadero alimento que vivífica (6,55) y es principio de unión y de permanencia mutua entre Jesús y el creyente (6,56).

Siendo así, en la sangre brotada del corazón de Jesús, el evangelista contempla la donación que Jesús hace de sí mismo en el sacramento de la eucaristía, fuente de vida eterna y de unión mutua, y arras de futura resurrección gloriosa. Para el evangelista, la carne y la sangre de Jesús son centrales en su teología.

Pero como Jesús se había presentado antes a Natanael como la nueva Casa de Dios, la nueva Piedra ungida, la nueva Escala (1,51), y había dicho que su cuerpo glorificado sería el nuevo santuario (2,21; 4.23), ahora podemos concluir que “su carne y su sangre”, el misterio eucarístico, expresión misteriosa de Jesús realmente presente entre nosotros, son la Casa, el Lugar, la Piedra-altar, la Escala, el santuario verdadero donde se debe adorar al Padre, bajo el impulso del Espíritu, en la nueva economía (cf. 4,23-24). La doctrina sacramental eucarística está, pues, presente en el cuarto evangelio [4].

14. VIDA ETERNA PARA LOS QUE CREEN

Para Juan, la misión de Jesús respecto a los hombres puede sintetizarse en una idea: ha venido para darles vida, vida eterna, con una sola condición: que crean en él (3,15.16.36; 5,40.47; 20,31) y en el Padre que lo envió (5,24). Esa vida es ya actual. Hay en el evangelio de Juan una serie de textos que proclaman una escatología realizada: la vida eterna, o la muerte eterna, están ya presentes con la fe en Jesús o la incredulidad (3,18-19.36; 5,24).

El concepto de vida es muy rico en el cuarto evangelio: en el Verbo estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (1,4); y como el Padre tiene en sí mismo vida, así también al Hijo le ha dado tener vida en sí mismo (5,23).

Más aún, Jesús es la Vida (11,25; 14,6). Y siendo él la Vida, puede comunicarla. Más todavía: la misión que el Padre le ha encomendado es dar vida (10,10.28; 17,2), y lo hará entregando su vida (6,51; 10,17). Y tiene obligación de hacerlo porque es un mandato de su Padre (10,18), que él cumple con toda complacencia porque es expresión y signo de su inmenso amor hacia el Padre, primero, y hacia sus amigos, después. Por eso dijo: “Para que conozca el mundo que amo al Padre, y como me ordenó el Padre, así hago: ¡Levantaos, vámonos de aquí!” (14,31). Y luego: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar su vida por sus amigos” (15,13). Se trata de una obediencia amorosa y de un amor obediente que lo lanza hasta la oblación de sí mismo.

15. EN LA MISMA ESFERA DEL PADRE Y DEL HIJO

Pero si quienes creen en Jesús y lo aceptan reciben de él vida eterna, por el mismo hecho han pasado a un nivel superior, a un orden sobrenatural: se han establecido en la esfera misma de Dios tanto en el orden de la vida como en el de la actividad.

No es entonces extraño escuchar palabras de increíble hondura espiritual, como ésta en el campo del conocimiento: “Yo soy el buen pastor y conozco a las mías y las mías me conocen, como me conoce el Padre y yo conozco al Padre” (10,14-15). Y éstas en el terreno del amor: “Como me amó el Padre, también yo os amé; permaneced en mi amor”. Y “éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os amé” (15,9.12; cf. 13,34).

Conocimiento y amor que, si es el mismo, exigen un principio igual, una misma comunidad de ser y de vida. Así se explica el atrevimiento de Jesús cuando afirma: “Yo en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (14,20). Y cuando pide al Padre para sus discípulos presentes y futuros: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti. Que también ellos sean uno en nosotros” (17,21); “que sean uno como nosotros uno” (17,22); “y yo en ellos y tú en mí, que sean consumados en uno, para que conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste” (17,23).

De esa comunidad de conocimiento y de esa unidad de ser deriva naturalmente la presencia del Padre y del Hijo en el corazón del creyente: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (14,23; cf. 14,21). Y por el mismo hecho también la presencia del Espíritu: “Vosotros lo conocéis (al Espíritu de la Verdad), porque con vosotros mora y en vosotros está” (14,17).

16. PARTICIPACIÓN EN LA MISIÓN SALVÍFICA DE JESÚS

Siendo “uno” con Jesús, los discípulos participarán necesariamente de su misión, misión salvífica. No es otra cosa lo que declara Jesús cuando se dirige al Padre: “Como me enviaste al mundo, también yo los envié al mundo” (17,18; cf. 20,21).

Pero Jesús fue enviado para dar su vida en favor del mundo, y particularmente de sus discípulos (17,19). Ahora bien, la unión de misión exige la unión de destino. Y seguir a Jesús es acompañarle a donde él va. Y él va al Padre, pero pasando por su exaltación en la cruz (cf. 12,26; 13,1). Esto fundamenta la participación de los creyentes en la oblación salvífica de Jesús en la cruz.

17. FECUNDIDAD ESPIRITUAL

Sarmientos de la misma vid, una misma savia corre por el tronco y las ramas, y esa unión garantiza la fecundidad espiritual de los creyentes: “Permaneced en mí y yo en vosotros” (15,14a). “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (15,5b).

Esa fecundidad espiritual culmina en glorificación del Padre: “En esto ha sido glorificado mi Padre: en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos” (15,8). Y el discípulo creyente, asociado al Maestro, tendrá el privilegio de hacer, en la gran obra de salvación, las mismas obras que Jesús ha hecho y aun mayores, porque éste, habiendo terminado su misión, está ya en el Padre (cf. 14,12).

18. EFICACIA DE LA ORACIÓN

Esa unión es la fuente del éxito en la oración: “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os hará” (15,7). Esa oración en la nueva economía es diferente. En la antigua Alianza era dirigida a Dios-Yahveh; ahora, la nueva oración es al Padre en el nombre de Jesús, y su eficacia está asegurada en virtud de la obra que ha realizado: “En verdad, en verdad os digo: Lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (16,23b-24).

Pero Jesús mismo escuchará la oración que se dirija al Padre en nombre del Hijo. Y esto redundará en gloria del Padre: “Lo que pidiereis en mi nombre, lo haré, para que sea glorificado el Padre en el Hijo” (14,13; cf. 15,11).

19. PERSEVERANCIA FINAL Y RESURRECCIÓN FUTURA

Finalmente, esa unión es garantía de perseverancia final y de resurrección futura. Otra serie de textos subrayan una escatología todavía por realizarse (5,28-29; 6,40.44.54; 12,48; 14,2-3; 17,24).

La unión con Jesús es garantía de perseverancia, porque estar en Jesús es estar en el Padre, y “nadie puede arrebatar de la mano del Padre” (10,29), y es seguridad de resurrección futura, porque “ésta es la voluntad del que me envió: que nada pierda de lo que me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (6,39-40).

III. LENGUA, ESTILO Y PROCEDIMIENTOS LITERARIOS

1. LENGUA

En las primeras décadas del siglo XX, algunos comentadores lanzaron la hipótesis de que el evangelio de Juan había sido escrito originalmente en arameo. Las investigaciones sobre esta cuestión han continuado, pero las pruebas para inclinar la convicción por un original arameo no han sido suficientemente fuertes [5]. Prevalece, pues, la opinión de que el evangelio fue escrito directamente en griego.

El griego del cuarto evangelio es la “lengua común” del siglo I. Es un griego bastante correcto, aunque no elegante, y el vocabulario es muy reducido: entre las 15,420 palabras de que consta el evangelio, sólo hay 1,011 vocablos diferentes. La sintaxis es correcta, pero muy simple: hay preferencia por el estilo directo; no existen prácticamente los períodos; las partículas y las preposiciones son escasas; no se encuentran en abundancia los verbos compuestos, que son tan insinuantes, dan precisión y matizan el pensamiento.

El evangelio ofrece muchos vocablos hebreos o arameos, algunos de los cuales el autor traduce para sus lectores, que no conocían esas lenguas: Rabbi (1,38), Amén, amén (1,51) (25 veces), Mesías (1,41; 4,25), Kefás (1,42), Bethesdá (5,2), Manná (6,31.49), Siloam (9,7), Thomas (11,6; 21,2), Osanná (12,13), Gabbathá (19,13), Golgothá (19,17), Rabbouní (20,16).

Hay expresiones que son semitas por la lengua y el pensamiento; por ejemplo, “hacer la verdad” (3,21); “entregar su alma” (10,11.15.17); “juzgar” por condenar (3,18); “qué hay entre tú y yo, mujer” (2,4); “hijos de la luz” (12,16); “en verdad, en verdad” (25 veces). Como conclusión, se detecta una persona que, pensando con mentalidad semita, escribía o dictaba en griego.

2. ESTILO Y PROCEDIMIENTOS LITERARIOS

a) Cualidades estilísticas

No es posible exponer en una apretada síntesis las cualidades estilísticas que forman la riqueza literaria del cuarto evangelio. Maestro en la pintura de caracteres, el autor del evangelio con dos o tres rasgos graba para siempre en la memoria del lector la psicología de sus personajes: María, la madre de Jesús (2,1-5; 19,25-27); Pedro (1,42; 6,68s; 13,6-9.24.36s; 18,17; 20,2-10; 21,3.7.11.15-22); Natanael (1,46-51); Nicodemo (3,1-10; 7,50; 19,39); la mujer samaritana (4,7-42); Felipe (1,45s; 6,7; 12,21s; 14,8-10); Tomás (11,16; 14,5; 20,25.28).

Las discusiones se desarrollan con fuerza y dramatismo; los diálogos están impregnados de vida y movimiento; la majestad y la grandiosidad, a base de frases cortas e incisivas, se dan la mano a cada paso con la sublimidad y la delicadeza y con el arte exquisito. Para comprender mejor el mensaje del evangelio es necesario atender al carácter literario del mismo: la interacción de los personajes, los diálogos simbólicos, los discursos, la ironía, los malentendidos, el doble significado de muchas afirmaciones. El “drama en la narración” está en el corazón de su mensaje [6].

A cada momento, el evangelio deja traslucir los sentimientos que llenan el corazón de ese “discípulo-testigo” que vio, oyó y creyó en Jesús (1,39; 19,35; 20,8), a quien pudo contemplar, en el profundo misterio de su persona, gracias a la luz del Espíritu Paráclito, el cual “le enseñó y le recordó” todo cuanto hizo y dijo “el Verbo de la Vida” (1 Jn 1,1).

b) Formas literarias

Escrito por un semita, el evangelio está sembrado de “formas” o “figuras literarias” características de la mentalidad oriental [7].

1. Fácilmente se descubren textos en “paralelismo” sinonímico, antitético o sintético (1,3; 3,6.36; 5,21; 6,39-40).

2. La “inclusión semítica” (repetición del mismo pensamiento al principio y al final de una unidad literaria) puede descubrirse en pequeñas unidades (6,34-40; 14,16-26) o en grandes conjuntos: las menciones de Transjordania (1,28 y 10,40; el tema de la fe (2,11 y 20,29); la alusión al Cordero de Pascua (1,29 y 19,36); la mención del Espíritu Santo dado a Jesús y a sus discípulos (1,32 y 20,22); Jesús, el Verbo hecho carne, que es Dios (1,1 y 20,28).

3. El “quiasmo”, que consiste en la correspondencia de la primera línea (o verso) con la cuarta, y de la segunda con la tercera: A-B-B’-A’ (cf. 6,36-40; 8,15.36; 10,14). A veces se da una línea o verso central sin correspondiente; por ejemplo, en el diálogo con Pilato (18,28–19,16):

1. Pilato y los judíos (vv. 28-32).

2. Jesús y Pilato (vv. 33-38a).
3. Pilato y los judíos (vv. 38b-40).
4. Jesús-Rey (19,1-3).
3’ Pilato y los judíos (vv. 4-8).
2’ Jesús y Pilato (vv. 9-12a).
1’ Pilato y los judíos (vv. 12b-15).

c) Diálogos

Una característica muy singular del cuarto evangelio es el empleo de “diálogos” como vehículo de pensamiento. Cuando en el evangelio de Juan se presenta un diálogo –aunque sea brevísimo (1,38-39; 2,3-4)–, es preciso poner atención: el autor está depositando, a veces con claridad, a veces en forma enigmática o simbólica, una enseñanza teológica importante.

No es raro que en el diálogo la última intervención de Jesús se torne monólogo y se convierta en un discurso; por ejemplo, en el diálogo con Nicodemo (3,10-21); con los discípulos en el pozo de Jacob (4,34-38); en el diálogo eucarístico (6,53-58).

En otras ocasiones, el diálogo culmina con una revelación cristológica llena de energía:

1,51: “En verdad, en verdad os digo: Veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.
4,26: “Yo soy el que te habla”.
8,58: “En verdad, en verdad os digo: ¡Antes de que Abrahán fuera hecho, yo soy!”.
10,30: “Yo y el Padre somos uno”.

He aquí una serie de diálogos representativos:

1,19-27: Juan Bautista y la embajada oficial.
1,47-51: Jesús y Natanael.
2,3-4: Jesús y su madre en las bodas de Caná.
3,2-21: Jesús y Nicodemo.
4,6-26: Jesús y la samaritana.
4,31-38: Jesús y sus discípulos en Samaría.
6,25-58: El diálogo sobre el pan de la vida.
7,15–8,58: Sección rica en diálogos; el más importante de los cuales es el de la “preexistencia de Jesús” (8,31-58).
10,24-38: Jesús, Mesías e Hijo de Dios.
13,6-11: Jesús y Pedro en el lavatorio de los pies.
13,36-38: Jesús y Pedro: anuncio de las negaciones.
14,1-14: Jesús, camino hacia el Padre.
16,16-33: La alegría por el retorno de Jesús.
18,4-8: Jesús y la turba en Getsemaní.
18,20-23: Jesús y Anás.
18,28–19,16: Jesús y Pilato.
20,15-17: Jesús y María Magdalena.
21,15-18: Jesús y Pedro a orillas del lago.

d) Grandes discursos

Además de los diálogos, el evangelista se ha servido de “grandes discursos” (con elementos de diálogos) para entregar su pensamiento. Dos de estos “discursos” han seguido respectivamente al signo del paralítico de Bethesdá (5,1-18 y vv. 19-47) y a la multiplicación de los panes (6,1-15 y vv. 25-59).

El discurso de “Jesús, el buen pastor” (10,1-18) y el discurso de “la glorificación” el domingo de las palmas (12,23-36) son piezas excelentes. Dignos de particular atención son los discursos de despedida (14-16).

e) Grandes cuadros

La calidad dramática del evangelista sobresale en los dos grandes frescos literarios que nos ofrece a propósito del “ciego de nacimiento” (9,1-41) y de “la resurrección de Lázaro” (11,1-44).

f) La “oración al Padre” (17,1-26)

Con ella, que es una obra maestra y sublime de arte y de teología, cierra el evangelista la sección de la última cena.

IV. FORMACIÓN DEL CUARTO EVANGELIO

1. ANOMALÍAS EN EL EVANGELIO

El evangelio de Juan goza ciertamente de unidad literaria en cuanto a la lengua y al pensamiento. Sin embargo, un buen número de datos acusan defectos visibles en cuanto a la formación y composición del conjunto. He aquí algunos:

– En 4,54 muestra la curación del hijo del funcionario regio como el segundo signo de Jesús, y ya en 2,23 se dice que Jesús hizo muchos signos en Jerusalén.
– 7,3-5 pinta a los hermanos de Jesús pidiéndole que también realice “obras” en Jerusalén, cuando ya las ha realizado, según 2,23; 3,1.
– 7,53–8,11 interrumpe la secuencia de las discusiones durante la semana de los tabernáculos y es un fragmento de estilo más bien lucano.
– 9,41 puede ser seguido naturalmente por 10,19, en tanto que 10,1-18 son de un tono diferente que no cuadra entre 9,41 y 10,19.
– 10,40-42 parece ser la conclusión del ministerio público de Jesús y luego se encuentra otra equivalente en 12,37-43.
– 14,31 presenta a Jesús terminando sus enseñanzas y dando la orden de partir. Bien podría seguir luego el relato de la pasión (18,1). ¿Cómo explicar la inserción de los capítulos 15 a 17?
– 20,30-31 son una conclusión formal al libro. ¿Cómo, pues, explicar la presencia del capítulo 21?
– 21,24 es un segundo epílogo, en el que aparece claramente la mano de un editor.
¿Qué explicación dar a todas estas anomalías de diversas clases y de diferentes enfoques?

2. SOLUCIONES POSIBLES

a) Unos han pensado que en el evangelio ha habido desplazamientos accidentales de perícopas o de folias. En vista de esto, algunos comentadores se han aventurado a reconstruir eventualmente el evangelio original. Como fácilmente se puede suponer, este método se presta a reconstrucciones muy subjetivas.
b) Otros creen que en el evangelio se pueden discernir diferentes fuentes: la fuente de los “dignos”, la fuente de los “discursos de revelación”, la fuente de la “pasión-resurrección”. La fusión de estas diferentes fuentes ocasionó las anomalías anotadas. Esta teoría, que necesariamente tiene que diseccionar el evangelio, no logra tampoco dar respuesta satisfactoria a los problemas planteados.
c) Otros, finalmente, piensan que la composición y edición del evangelio no fue de una sola vez, sino que se realizó por etapas y de modo progresivo y aditivo, de manera que su contenido fue enriqueciéndose cada vez más hasta llegar a la forma en la que actualmente lo leemos.
En esta misma línea, nosotros pensamos que el cuarto evangelio no es el producto de una sola y única redacción, sino el resultado de una lenta elaboración y de un largo proceso literario. Contiene, por lo tanto, elementos de épocas diferentes, repeticiones, duplicados, redacciones diversas de una misma enseñanza [8].

a) En la base del evangelio está la tradición y la predicación oral de un apóstol discípulo de Jesús, testigo personal de lo que dijo e hizo Jesús.
b) Esas tradiciones, orales primero y escritas después, fueron redactándose y organizándose, dando lugar con el tiempo a una primera edición del evangelio. Este evangelista pudo ser el mismo apóstol o bien un discípulo suyo.
c) Finalmente, poco después de la muerte del apóstol testigo, un discípulo o algunos discípulos hicieron una edición definitiva de la obra de su maestro (cf. 21,24-25). En esta ocasión, no queriendo que se perdieran numerosas piezas de la tradición juanina que no estaban incorporadas en la obra primitiva, el discípulo editor las insertó en la trama del evangelio. Tales piezas son, por ejemplo, los discursos de 3,31-36; y 12,44-50; el pasaje eucarístico 6,53-58; los grandes discursos de despedida 15-1 7, y el capítulo 21,l-23.
Este discípulo fue probablemente también quien dio al apóstol testigo, autor del evangelio (al que le gustaba presentarse sencillamente como un discípulo anónimo: 1-37-39; 18,15-16; 20,3-8), el prestigioso título de “aquel a quien amaba Jesús” (13,23 (19,26; 20,2; 21,7.20).

V. FECHA DE COMPOSICIÓN Y EDICIÓN DEL EVANGELIO

Las reflexiones anteriores nos conducen a precisar las fechas de composición y edición del cuarto evangelio.

1. La tradición oral parte evidentemente de la predicación apostólica postpascual: año 30 y siguientes.
2. Las primeras tradiciones que fueron puestas por escrito pueden remontarse a los años 40 en adelante; a ellas se fueron agregando otras a lo largo de los años, y el evangelista pudo editar por primera vez su obra entre los años 70 y 80.
3. Fue hacia los años 90-100 cuando un discípulo del evangelista llevó a cabo la última redacción y la publicación del evangelio en la forma como ha llegado hasta nosotros.

VI. AUTOR DEL CUARTO EVANGELIO Y LUGAR DE COMPOSICIÓN

1. TESTIMONIOS DE LA TRADICIÓN

A partir de los últimos decenios del siglo II, testimonios de gran valor atribuyen el cuarto evangelio al apóstol Juan. Así, el prólogo latino antimarcionista (170), el fragmento de Muratori (170-200), Ireneo (202), Clemente de Alejandría (216), Tertuliano (250), Orígenes (255). Estos testimonios no hacen sino pasar adelante una tradición anterior a ellos mismos.

El texto de Ireneo, en su obra Adversus haereses (180-190), merece especial atención. Ireneo escribe: “Juan, el discípulo del Señor, el que reposó en su pecho, él mismo publicó el evangelio mientras vivía en Éfeso de Asia” [9].

a) Es claro que Ireneo, al escribir “Juan, el discípulo del Señor”, quiere referirse a Juan, hijo de Zebedeo, uno de los Doce, el apóstol.
b) Ireneo identifica al apóstol Juan con el personaje anónimo que el evangelio presenta como “el discípulo a quien Jesús amaba”.
c) Afirma que él es el autor del cuarto evangelio.
d) Dice que Juan publicó el evangelio cuando vivía en Éfeso de Asia, esto es, todavía en vida.
Según el historiador Eusebio, Ireneo, siendo todavía joven, recibió estas noticias de Policarpo de Esmirna, quien escuchó personalmente al mismo apóstol Juan. De esa forma se obtiene una cadena directa de testimonios: Ireneo, Policarpo, Juan.

Las afirmaciones de Ireneo han sido sometidas a una severa crítica; sin embargo, esa tradición es la que, a pesar de todo, ha permanecido fundamentalmente como la más fuerte y segura.

2. TESTIMONIOS DEL EVANGELIO

Hay en el cuarto evangelio siete pasajes en los que aparece un discípulo anónimo:

– 1,37-39 refiere que dos discípulos (Andrés y otro) siguieron a Jesús.
– 13,23 presenta a uno de los discípulos “recostado en el pecho de Jesús, que le amaba”.
– 18,15-16 habla de Pedro y “otro discípulo” que entran en el palacio del sumo sacerdote.
– 19,26-27 dice que al pie de la cruz de Jesús estaba la madre y el discípulo a quien Jesús amaba.
– 20,2-8 presenta a Pedro y a otro discípulo yendo al sepulcro.
– 21,7 y 21,20-23 aluden nuevamente al discípulo a quien Jesús amaba y que estaba recostado en su pecho.
El texto que aparece en 21,24 es muy importante para el tema que nos ocupa, pues –escrito por una mano diferente– afirma que ese discípulo anónimo que estuvo recostado en el pecho de Jesús, a quien el Maestro amaba y que estaba especialmente relacionado con Pedro, fue quien escribió el evangelio.

He aquí el texto: “Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero” (21,24).

De los textos hasta aquí referidos se concluye que el autor del evangelio debió ser:

– Uno de los Doce que estuvieron en la cena (13,23-26; 20,2-8).
– Un compañero particular de Pedro (Jn 18,15-16; 20,2-8; 21,7.20-23; cf. Lc 22,8; Hch 3,1-11; 4,13.19; 8,14).
– Uno entre los íntimos de Jesús, que fueron Pedro, Santiago y Juan (Mc 5,37; 9,2; 13,3; 14,33).
La conclusión natural que se desprende fácilmente de estos pasajes es que no se puede tratar de Pedro, a quien se nombra personalmente, sino que debe ser Santiago o Juan. Ahora bien, no puede ser Santiago, ya que este apóstol murió el año 44 (Hch 12,2) y el evangelio –lo hemos visto– debió ser escrito hacia finales del siglo I. Por tanto, se puede concluir con bastante seguridad que el autor que está en la base y raíz del cuarto evangelio –aunque no haya sido el responsable de las redacciones sucesivas o de la última redacción– es el apóstol Juan, uno de los Doce.

Una especial dificultad ha sido subrayada, a saber: el “discípulo amado”, que sólo aparece en la última semana, parece tener relaciones con Jerusalén o sus alrededores y es conocido del gran sacerdote. ¿Cómo conciliar estos hechos con los datos tradicionales, según los cuales Juan era originario de Betsaida (Mc 1,14-20) y no tenía relaciones especiales con los ambientes sacerdotales de Jerusalén (Hch 4,13)?

La dificultad es real. Se ha intentado dar diferentes soluciones, pero no han sido satisfactorias. Es mejor confesar que nos faltan datos históricos para aclarar este punto. Pero este detalle no es suficiente para rechazar las conclusiones que se obtienen de toda una serie de textos que forman un argumento válido en favor de la paternidad juanina del cuarto evangelio.

Ante el problema del “discípulo amado”, se ha pensado que hay que identificar a Juan el apóstol con el “discípulo amado”. Otro discípulo fue quien introdujo a Pedro en el palacio del sumo sacerdote. El último redactor del evangelio es diferente al discípulo amado (19,35; 21,24-25), y este redactor último atribuye al discípulo amado toda la obra (21,24b).

Como conclusión de todo esto, resulta que el discípulo amado es Juan y es la fuente primera del evangelio. Otra persona fue el redactor final de la obra [10].

VII. FINALIDAD DEL EVANGELIO

La “finalidad” con la que fue escrito el cuarto evangelio debe brotar del análisis de su contenido total, y no es fácil expresarla en pocas palabras. Sin embargo, el punto de partida debe ser el texto que se lee al final del capítulo 20: “Así pues, otros muchos signos que no están escritos en este libro hizo Jesús ante sus discípulos, pero éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (vv. 30-31).

1. LOS SIGNOS

Según esta afirmación, el evangelista ha querido referir algunos “signos” para que sus lectores “crean” en Jesús. El tema del “creer” en Jesús es fundamental en el cuarto evangelio. El autor no usa el sustantivo “fe” (pístis), sino el verbo “creer” (pistéuein), verbo lleno de dinamismo: “creer” subraya una entrega individual a la persona de Jesús, en quien se cree. Juan emplea el verbo “creer” 98 veces.

Los lectores deben creer que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Estos dos títulos de Jesús son fundamentales: el primero lo coloca en la línea veterotestamentaria de la expectación mesiánica y de la salvación esperada; el segundo lo descubre en sus relaciones muy personales con Dios, el Padre, que le ha enviado.

El resultado de ese creer en Jesús es “tener vida” en su nombre, una “vida” presente y actual, pero diferente de la vida física. A esa “vida eterna” que brota de Jesús, porque él es la Vida, aludirá constantemente el evangelio (1,4; 5,21.26; 6,35.38; 11,25; 14,6; 17,2).

2. DIÁLOGOS Y DISCURSOS

Pero además de los signos, el cuarto evangelio se presenta muy rico en “diálogos y discursos”. La abundancia de estas enseñanzas hace que la afirmación de 20,30-31 parezca un tanto parcial y lleva a pensar que en una primera redacción (sin excluir parte de ese material de enseñanza) los signos formaban el cuerpo del evangelio y más tarde, en una redacción posterior, fueron añadidos más diálogos y discursos.

Admitida esta hipótesis –de la que se tratará ampliamente más adelante–, el examen de las enseñanzas de Jesús en diálogos y discursos hace ver la misma finalidad, es decir, que los lectores “crean en Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios”.

VIII. DESTINATARIOS DEL EVANGELIO

Estrechamente unida a la finalidad del evangelio está la cuestión de los destinatarios: ¿para quiénes ha escrito el evangelista? ¿Las expresiones “para que creáis… y tengáis vida” son una invitación a no creyentes para que abracen la fe o son una exhortación a ya cristianos para que continúen creyendo y sigan teniendo vida?

En el primer caso, el evangelio tendría una finalidad “misionera”; en el segundo, el evangelista querría mantener viva y fortalecer la fe de los ya creyentes, que forman una comunidad, unidos por el amor a Jesús, Mesías, Hijo de Dios, y por el amor de unos hacia otros (13,33-34; 14,15.24; 15,9-10.12.17).

Nos inclinamos por esta segunda opinión: el evangelista se dirige a cristianos a quienes quiere seguir iluminando y fortaleciendo en su fe cristiana. Pero surge otra pregunta: ¿estos cristianos son de origen judío, de origen gentil o de ambos grupos? He aquí las conclusiones:

1. Sin excluir una finalidad “misionera”, el evangelio –aun en su primer estadio– parece estar destinado a lectores creyentes que necesitan conocer más y fundamentar mejor su fe, y continuar creyendo en Jesús para seguir teniendo vida en su nombre. En su primera redacción, el evangelio iba tal vez dirigido a judío-cristianos. Esta suposición brota de la mención de Jesús como Mesías, utilizando para ello el vocablo semita (1,41; 4,25), y de las referencias a las fiestas judías: el shabbat (5,9-18; 9,14-16), la Pascua (2,13.23; 6,4; 11,55), los tabernáculos (7,2), la Dedicación (10,22).

2. Hay en el evangelio pasajes, principalmente en los capítulos 5; 7–10, en los que, por una parte los judíos aparecen tenazmente hostiles a Jesús (5,18; 7,1.25; 8,37.40) y en los que, por otra, Jesús condena severamente a los judíos por su incredulidad (5,45; 8,21.24.44). El apelativo “judíos” sintetiza al judaísmo hostil a Jesús y a sus discípulos. Existen además tres textos que anuncian que los discípulos de Jesús serán expulsados de la sinagoga: 9,22; 12,42; 16,2 [11]. Este ambiente de dura lucha entre judaísmo y cristianismo evoca las últimas décadas del siglo I.

Hacia el año 85 se introdujo en las “dieciocho bendiciones” –oración que los judíos recitaban en la sinagoga– una maldición contra los miním (“heréticos”), principalmente judío-cristianos. A causa de esto, los cristianos venidos del judaísmo se vieron en conflicto para seguir frecuentando el culto sinagogal.

Hacia el año 90 se celebró el Sínodo de Jamnia, presidido por Gamaliel II, y en esta ocasión la ruptura entre judaísmo y cristianismo se hizo definitiva y la excomunión de la sinagoga se tornó oficial. Los pasajes del cuarto evangelio a los que hemos aludido parecen haber sido redactados para fortalecer en su fe cristiana a los judío- cristianos, heridos en su fe religiosa por esa ruptura total. Nuevamente el evangelio se esfuerza por hacerles ver y sentir que Jesús es el Mesías anunciado por Moisés y vaticinado por los profetas (1,45; 5,39.45-46; 6,14), y que hermanos judíos no sólo de origen humilde (9,13-34), sino de clases dirigentes, como Nicodemo y José de Arimatea (3,1; 7,50; 19,38-39), les habían precedido en ser fieles discípulos de Jesús.

3. Pero el cuarto evangelio se caracteriza también por su apertura al mundo total. Es un evangelio abierto al universalismo de salvación. Jesús es presentado como el Cordero de Dios que quita “el pecado del mundo” (1,29). El amor de Dios al mundo le impulsó a entregar a su Hijo “para que todo el que crea en él... tenga vida eterna” (3,16s). Jesús declara que tiene otras ovejas que no son del redil de Israel: “Es preciso que yo las guíe, y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor” (10,16). El evangelista comenta claramente que Jesús debía morir “no sólo por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios dispersos” (11,52; cf. 7,35; 12,20-21.32; 17,20-26). Estas afirmaciones suponen que el evangelio va dirigido también a comunidades cristianas formadas por creyentes griegos venidos de la gentilidad.

En suma, el cuarto evangelio está dirigido a diferentes grupos de creyentes: a judío-cristianos y a cristianos griegos convertidos del paganismo, pero siempre con un enfoque fundamental: mostrar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que, creyendo en él, tengan vida en su nombre [12].

Posiblemente también, aunque en un plano secundario, el cuarto evangelio lucha contra algunas herejías nacientes dentro del cristianismo.

El cuarto evangelio quiso situar a Juan Bautista en el lugar que le correspondía, contra aquellos que lo sublimaban y colocaban por encima de Jesús (1,6-8.15; 1,19; 3,26; 5,33).

San Ireneo afirma que el cuarto evangelio fue escrito contra Cerinto, que tenía a Jesús sólo como hijo de José y defendía que Cristo había descendido en él en el momento de su bautismo. Un prefacio latino de una Biblia del siglo X encontrado en Toledo dice: “El apóstol Juan, a quien el Señor Jesús amó con predilección, escribió el último este evangelio, a petición de los obispos de Asia, contra Cerinto y otros herejes, y especialmente contra el nuevo dogma de los ebionitas, que dicen que Cristo no existió antes de que naciera de María”.

Además, el realismo con que el evangelio afirma que “el Verbo fue hecho carne y fijó su tienda entre nosotros” parece oponerse a las ideas docetistas, según las cuales Jesús no tomó en realidad, sino solamente en apariencia, una naturaleza humana.

IX. LA COMUNIDAD JOÁNICA

En los últimos decenios, la investigación sobre el evangelio de Juan ha versado particularmente sobre la historia y la fisonomía de la comunidad juanina, a la que van dirigidos el cuarto evangelio y las cartas de Juan [13].

Los elementos que entran en juego para determinar esta comunidad son variados. He aquí algunos:

– La elevada cristología del evangelio.
– La función del Paráclito.
– La figura del discípulo amado.
– El lugar dado a la madre de Jesús y a Pedro.
– La insistencia en el tema del “conocimiento”.
– Los duros conflictos con los judíos.
– La necesidad de definir la identidad de la comunidad.
– La presencia de mujeres.
– La admisión de nuevos adeptos.
Se piensa en una comunidad que vivió primero en contacto con cristianos originarios de Samaría, se trasladó luego al otro lado del Jordán y, más tarde, pasando por Damasco y Antioquía, se estableció definitivamente en las regiones de Éfeso, en la provincia romana de Asia.

Sin embargo, al leer el cuarto evangelio no hay que pensar únicamente en los destinatarios originales de la obra: el evangelio es también para el lector de hoy [14].

X. RELACIÓN ENTRE JUAN Y LOS SINÓPTICOS

Tanto Juan como los sinópticos tienen sus raíces más profundas en los “hechos” y en las “palabras” de Jesús y en el kerygma primitivo postpascual. Pero el problema que nos ocupa se sitúa en el nivel literario. Pueden presentarse tres hipótesis:

– Hay una dependencia literaria de Juan respecto a los sinópticos.
– Juan representa una fuente independiente, pero depende de una tradición común.
– Juan es independiente de los sinópticos, pero los conoce [15].
1. En primer lugar hay que aceptar la existencia de ciertos contactos entre Juan y los sinópticos:

– Entre Jn y Mc hay un parecido en el pasaje de la multiplicación de los panes (Mc 6,34–8,29 y Jn 6,1-71) y en la escena de la unción en Betania (Mc 14,3 y Jn 12,3).
– Entre Jn y Mt hay cierto acercamiento al referirse a la persona de Pedro (Mt 16,13-20 y Jn 1,41-42; 6,68-69; 21,15-17).
– Entre Jn y Lc, los contactos son más significativos:
- Jn 1,19-20 y Lc 3,15: la pregunta de si Juan Bautista es el Mesías.
- Jn 12,2-3 y Lc 10,38-42: hablan de las dos hermanas Marta y María.
- Jn 13,2 y Lc 22,3: aluden a Judas Iscariote, en quien entra Satanás.
- Jn 18,38; 19,4.6 y Lc 23,4.14-15: Pilato declara tres veces que Jesús es inocente.
- Jn 20,3-10.20 y Lc 24,12.40: Jesús se aparece a los discípulos en Jerusalén.
- Jn 21,1-11 y Lc 5,1-11: la pesca milagrosa.
Además, Jn y Lc coinciden al hablar de una sola multiplicación de panes, al no consignar reunión del sanedrín por la noche, al no narrar los ultrajes a Jesús en la cruz. Hay otros contactos entre Jn y los sinópticos tratando de las palabras de Jesús; por ejemplo, Jn 1,27 y Mc 1,7; Jn 1,42 y Mc 3,6; Jn 2,19 y Mc 14,58; 15,29; Jn 4,44 y Mc 6,4; Jn 12,27 y Mc 14,35.37.41; Jn 12,25 y Mc 8,35; Jn 18,11 y Mc 14,36; Jn 20,23 y Mt 18,18.

2. Después de analizar estos contactos entre Juan y los sinópticos, se puede llegar a las siguientes conclusiones:

a) Estos contactos se pueden explicar por provenir de una misma tradición oral, fuente común.

b) Juan posiblemente conoció la tradición sinóptica. Así se comprende:

1. Que haya omitido hechos importantes de la vida de Jesús, como el bautismo, la transfiguración y la institución de la eucaristía.
2. Que se haya permitido precisar y completar datos de la tradición sinóptica; por ejemplo:
– Jesús comenzó su ministerio cuando Juan Bautista todavía ejercía el suyo (3,26).
– La muerte de Jesús fue el 14 de Nisán (18,28; 19,31) y la condenación fue a la hora sexta (19,14).
– Hubo por lo menos tres pascuas durante el ministerio de Jesús (2,13; 6,4; 13,1).
– Jesús fue amortajado con vendas y sudario y buena cantidad de especias aromáticas (19,39-40; 20,3-7).
c) Pero Juan representa una fuente independiente. La originalidad del cuarto evangelio es evidente. Representa una fuente literaria autónoma en la tradición evangélica. Puede encerrar tradiciones muy antiguas, contemporáneas e incluso anteriores a las redacciones sinópticas.

El parentesco especial que existe entre Jn y Lc hace surgir un problema especial: ¿Lucas depende de Juan o Juan de Lucas? Parece que las tradiciones juaninas, siendo muy antiguas, pudieron influir en Lucas, dado su interés por investigar las fuentes (cf. Lc 1,1-4). Algunos autores piensan que Lucas influyó en la redacción final del cuarto evangelio; sin embargo, esta hipótesis todavía no parece suficientemente probada.

XI. HISTORIA Y TEOLOGÍA EN EL CUARTO EVANGELIO

A lo largo de todo el cuarto evangelio se observa fácilmente una curiosa aleación. Por una parte, detalles muy concretos revelan que el evangelio viene de un testigo ocular de los hechos y que, por lo mismo, es una obra con fundamentos históricos de mucha solidez. Por otra parte, un esquematismo literario muy acusado, que sirve a densas enseñanzas doctrinales muy diferentes en estilo a las de los evangelios sinópticos, hace pensar más bien en un tratado de teología a base de simbolismos [16].

Siendo así, para muchos comentadores, sobre todo en épocas pasadas, el cuarto evangelio era un libro de teología acerca de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, pero no podía servir para la investigación histórica de su vida.

Para otros autores, en cambio, no habiendo necesariamente conflicto entre historia y teología, el evangelio de Juan se basa en la historia y narra hechos reales de la vida de Jesús, pero los presenta bajo una nueva dimensión, después de haber reflexionado largamente sobre ellos [17].

El autor del cuarto evangelio no se ha limitado solamente a reproducir lo sucedido, sino que con su genio creador ha escrutado, a la luz del Paráclito, el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad (14,16-17.26; 15,26; 16,7-11), el sentido profundo de las acciones y de las palabras de Jesús: ha escogido algunos hechos, ha destacado ciertos detalles, ha elegido determinadas expresiones y finalmente ha dispuesto todo ese material en una obra literaria de gran valor histórico y de rico contenido doctrinal.

Algunas referencias servirán para mostrar que la fuente primera del evangelio fue un judío palestinense, testigo ocular de lo que narra y miembro del colegio apostólico. Todo esto es una garantía de historicidad en favor del cuarto evangelio.

1. LA TOPOGRAFÍA

El autor conoce la topografía de la Palestina anterior al año 70 y alude a sitios no mencionados en los sinópticos. Por ejemplo:

– Betania, al otro lado del Jordán (1,28; 10,40).
– Caná de Galilea (2,1; 4,46).
– Para ir a Jerusalén hay que subir (2,13).
– Ainón, cerca de Saleím, donde había mucha agua (2,23).
– La villa de Sijar (4,5).
– El pozo de Jacob, de gran profundidad (4,6.11).
– El monte Garizím (4,20-21).
– La piscina de Bethesdá, de cinco pórticos (5,2).
– La piscina de Siloám (9,7).
– El pórtico de Salomón, en el templo (10,23).
– Betania, a quince estadios de Jerusalén (11,18).
– Efraím, cerca del desierto (11,54).
– El jardín al otro lado del torrente Cedrón (18,1).
– El lugar llamado Lithóstrotos, en hebreo Gabbathá (19,13).

2. LAS FIESTAS Y RITOS DEL JUDAÍSMO

El autor está al corriente de las fiestas del judaísmo, conoce los ritos y es testigo de la actividad que Jesús desarrolló durante algunas de ellas.

– Las tinajas para la purificación de los judíos (2,6).
– Cerca estaba “la Pascua de los judíos” y Jesús subió a Jerusalén (2,13).
– Durante la fiesta, Jesús realizó signos y muchos creyeron en él (2,23).
– El evangelista está al tanto de la enemistad entre los judíos y los samaritanos (4,9).
– El evangelista conoce las ideas religiosas de los samaritanos (4,20-26).
– Hubo otra “fiesta de los judíos” y Jesús subió a Jerusalén (5,1).
– Estaba cerca la Pascua, “la fiesta de los judíos” (6,4).
– Estaba cerca la fiesta de los judíos, los tabernáculos, fiesta de la luz y del agua (7,2; 7,37; 8,12).
– “A la mitad de la fiesta” (7,14).
– “El último día, el grande de la fiesta” (7,37).
– “Se celebró la Dedicación en Jerusalén. Era invierno” (10,22).
– “Estaba cerca la fiesta de los judíos y muchos subieron, antes de la Pascua, para purificarse” (11,55).
– “No entraron al pretorio para no mancharse y comer la Pascua” (18,28).

3. LA CRONOLOGÍA

El evangelio de san Juan precisa ciertos datos cronológicos respecto a lo que se lee en los sinópticos.

– Juan alude a tres Pascuas durante la vida pública de Jesús (2,13; 6,4; 11,55).
– Jesús hizo diversos viajes a Jerusalén (2,13; 5,1; 7,10; 10,23; 11,15-16.54).
– El cuarto evangelio dice que, durante la vida del Bautista, Jesús desarrolló un ministerio en Judea y que allí bautizaba (3,22).
– Las hostilidades de las autoridades religiosas contra Jesús duraron mucho tiempo y fueron recrudeciéndose cada vez más (5,16-18; 7,19.25; 8-11).
– Los judíos, con el tribuno y la cohorte, conducen a Jesús primero a casa de Anás, suegro de Caifás. Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote (18,12-13.24).
– La muerte de Jesús no fue el día de Pascua, sino la víspera (18,28; 19,31).

4. TESTIGO OCULAR Y MIEMBRO DEL COLEGIO APOSTÓLICO

El evangelista confiesa haber visto, esto es, haber sido testigo ocular (1,14), y así aparece por datos precisos que pone de relieve a través de su escrito.

– Juan Bautista ve a Jesús venir y entonces da testimonio de él (1,29).
– Juan estaba con dos de sus discípulos (1,35).
– El evangelista precisa los momentos del día y las circunstancias de los acontecimientos (1,39; cf. 2,1; 4,6-8.52; 6,16-17; 8,20; 11,6; 13,30; 18,28; 19,14).
– Conoce la índole de cada apóstol y estuvo presente en la última cena y fue testigo de lo que pasó en ella (13,4s.12; 13,21-30).

XII. AMBIENTE CULTURAL DEL CUARTO EVANGELIO

Es un hecho evidente que el cuarto evangelio presenta una fisonomía muy diferente a la de los sinópticos. Utiliza un vocabulario particular: manifestar, atraer, irse en sentido metafórico, obras para designar las acciones mesiánicas de Jesús, dar testimonio, mundo, hora, creer, ser engendrado de, nacer de, conocer, yo soy en sentido cristológico; emplea nociones abstractas: palabra, verdad, vida, luz, tiniebla, gloria; acude frecuentemente al simbolismo: agua, pan, puerta, pastor, resurrección.

Este carácter singular de la obra de Juan ha invitado a los comentadores a investigar el ambiente de pensamiento en el que nació este evangelio o que pudo influir en su composición. Se han propuesto diferentes teorías.

1. EL PENSAMIENTO HELENISTA

a) Platonismo y estoicismo

La filosofía popular del mundo griego del siglo I estaba principalmente bajo la influencia del platonismo y del estoicismo. Para el platonismo, el mundo real es el de la mente, mundo invisible y eterno, opuesto al mundo material, que no es sino sombra del primero. Algunos autores han querido ver un influjo del platonismo en el cuarto evangelio cuando habla de “tierra y cielo” (3,12); “arriba y abajo” (3,31; 12,31-32); “espíritu y carne (3,6; 6,63); “vida y vida eterna” (5,24-25); “agua y agua de vida eterna” (4,13-14); “pan y pan del cielo” (6,26-27).

Otros autores piensan que Juan, al tratar del “Logos” (el Verbo, la Palabra), refleja las doctrinas estoicas sobre “el logos”.

b) Filón de Alejandría

Filón de Alejandría, judío contemporáneo de Jesús, quiso armonizar el pensamiento judío con la filosofía griega. Filón habla del “Logos, pensamiento de Dios, potencia operante como instrumento de la creación e intermediario entre Dios y los hombres”. Se ha creído que Juan depende de Filón en su himno al Logos (el Verbo).

La verdad es que los puntos de contacto entre el evangelio de Juan y la filosofía helenista no son suficientes para confesar una dependencia decisiva del evangelio respecto del pensamiento griego.

Y en cuanto a Filón, hay que decir que ambos, Juan y Filón, dependen, por diferentes caminos, del mismo Antiguo Testamento.

c) Literatura hermética

El hermetismo es un cuerpo de literatura griega de los siglos II-III d. C. centrado en un sabio legendario de Egipto llamado Hermes Trimegisto (tres veces máximo), identificado con el dios Thot. El pensamiento es un sincretismo de platonismo, estoicismo y doctrinas religiosas del Cercano Oriente. Tiene un alto concepto de Dios. El hombre perfecto es el que adquiere el conocimiento de Dios mediante una revelación particular de donde viene la salvación.

El énfasis que el evangelio de Juan pone en conceptos como el “conocimiento de Dios” (17,3), la “luz” y la “palabra” ha invitado a colocar el evangelio en relación con el hermetismo. Sin embargo, por una parte, esos conceptos se explican en el cuarto evangelio a la luz del AT y, por otra, la literatura hermética es posterior al evangelio. ¿No habrá más bien una influencia del evangelio en esa literatura tardía?

2. EL GNOSTICISMO

El gnosticismo propiamente dicho es un pensamiento del siglo II d. C. Las figuras más representativas son Basílides, Valentino y Marción. En 1945 se descubrieron en Nag Hammadi, Kenoboskion, en el Egipto medio, importantes documentos gnósticos, como el Evangelio de la Verdad, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe.

Como su nombre indica, el gnosticismo insiste en la teoría de “un conocimiento, una gnosis superior”, conocimiento religioso que tiene por objeto a Dios y las relaciones del hombre y del mundo con Dios. De la “gnosis” o “conocimiento” depende la salvación. El conocimiento religioso y la salvación, garantizada por este conocimiento, aparecen como el elemento formal de la gnosis. El elemento material son los mitos.

El “conocimiento” no es para todos. Sólo los elegidos que sepan desprenderse de los lazos del cuerpo y de la sexualidad pueden realizar un camino interior que les conduzca a lo más profundo del ser [18].

El evangelio de Juan insiste en los temas de “conocer”, “saber” y derivados. El verbo “ginóskein” aparece 56 veces, y el verbo “oida”, 85. Y en un pasaje fundamental, Juan escribe: “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único verdadero Dios, y a quien enviaste, Jesús Mesías” (17,3).

Como los textos gnósticos a los que hemos aludido son todos posteriores al cuarto evangelio, y por lo tanto es imposible una dependencia juanina respecto de ellos, se ha lanzado la hipótesis de la existencia de un gnosticismo precristiano que pudo influir en Juan. Se ha pensado en los escritos mandeos. La teología mandea se deriva del gran revelador Manda d’Hayya (que significa “conocimiento de vida”), que –se dice– fue bautizado por Juan el Bautista. Él enseñó un camino de salvación que permitía a los hombres pasar al mundo de la luz. La teología mandea es una mezcla de judaísmo, mitos gnósticos (por ejemplo, el mito del “hombre primitivo”) y pensamiento cristiano nestoriano.

Los intentos para descubrir en el cuarto evangelio un origen gnóstico no han tenido éxito. Pero tanto esfuerzo para descubrir el ambiente de pensamiento de donde brotó el evangelio de Juan no ha sido estéril, pues cada vez se ha visto más claro que es un libro nacido del cristianismo y que tiene sus raíces profundas en el Antiguo Testamento y en el pensamiento judío tal como se refleja en el Targum, en los escritos de Qumrán y en la literatura rabínica.

3. EL JUDAÍSMO

El evangelio de Juan debe comprenderse ante todo dentro del mismo pensamiento cristiano. La gran fuente de donde brota y la atmósfera natural donde se mueve es la tradición cristiana primitiva que tiene su origen en el mismo Jesús [19]. Sin embargo, el cuarto evangelio no es un libro aislado, sino que se integra en la gran corriente de la revelación bíblica, y por eso es fácil descubrir sus raíces veterotestamentarias y su sintonía con el pensamiento religioso del siglo I.

a) El Antiguo Testamento

— El Antiguo Testamento está presente en el cuarto evangelio no tanto en citas explícitas cuanto en alusiones discretas que a veces es difícil controlar [20]. He aquí una lista de referencias posibles:

l,23 = Is 40,3.
2,17 = Sal 69,10.
6,31 = Éx 16,4.15; Sal 78,24.
7,38 = Is 12,3; Zac 14,8; Ez 47,1-22.
7,42 = Miq 5,1; 2 Sm 7,12; Sal 89,36.
8,17 = Dt 17,6; 19,15.
10,34 = Sal 82,6.
12,13 = Sal 118,25-26.
12,38 = Is 53,1.
12,39-40 = Is 6,9-10.
13,18 = Sal 41,10.
15,25 = Sal 35,9; 69,5.
17,12 = Prov 24,22.
19,24 = Sal 22,19.
19,28 = Sal 69,22.
19,36 = Éx 12,10.46; Nm 9,12; Sal 34,21.
19,37 = Zac 12,10.
20,9 = Sal 16,10.

— El Antiguo Testamento está presente en el cuarto evangelio, también y sobre todo, por sus grandes temas de pensamiento: la Ley (Gn, Éx, Dt), los Profetas, los Escritos (particularmente los libros de sabiduría).

El himno al Verbo hecho carne y la semana inaugural (1,1–2,11) hacen eco a Gn 1. La mención del diablo en 8,44 evoca Gn 3. Hay alusiones a los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob (3,16; 4,5.12; 8,31-58).

Los acontecimientos del Éxodo animan escenas del evangelio. Moisés es mencionado trece veces (cf. 1,17.46; 3,14; 5,45-46; 6,32; 7,19.22.23; 9,28-29). Se recuerda el tabernáculo y la gloria de Yahveh (1,14), la serpiente de bronce (3,14), el maná del desierto (6,3lss), el agua de la roca (7,38), el cordero pascual (19,36).

Los discursos del cuarto evangelio son semejantes a los discursos del Deuteronomio; el mandamiento nuevo recuerda los mandamientos de la Ley, y el profeta que ha de venir y que obra “signos” alude al profeta anunciado en el Deuteronomio (Dt 18,15-18; Jn 1,21; 6,14).

Entre los profetas, el Segundo Isaías ha influido particularmente en el evangelio de Juan (Is 43,10.25; 51,12; 52,6; Jn 8,24.28.58). Los escritos de sabiduría han dejado también huella muy clara en el cuarto evangelio. Los discursos de Jesús traen a la mente los discursos de la Sabiduría que se leen en Proverbios 8, Eclesiástico 24 y Sabiduría 7–9.

2. Otros escritos del judaísmo

En ciertas ocasiones, al referirse a pasajes del AT, Juan no cita el texto hebreo, sino las versiones arameas (targumín) de los libros santos (cf. 3,14; 4,6.12; 7,38; 12,41).

El cuarto evangelio refleja a veces conceptos que se encuentran en los escritos rabínicos; por ejemplo, la idea del Mesías escondido (7,26-27); la Ley preexistente a la creación como “luz del mundo”, función atribuida en el evangelio al Logos preexistente (1,1-10); los discursos de Jesús suponen en ocasiones las lecturas litúrgicas de la sinagoga (Jn 6).

La literatura encontrada en Qumrán ofrece interesantes paralelos con el cuarto evangelio. He aquí algunos: el dualismo de luz y tiniebla, de verdad y mentira; la victoria del espíritu de verdad; el amor fraterno recíproco; la relación entre agua y espíritu; cierta hostilidad hacia el culto del templo. La diferencia esencial entre los escritos de Qumrán y el evangelio de Juan está en que para Qumrán la Ley es el centro, mientras que para el cuarto evangelio lo es la persona de Jesús.

CONCLUSIÓN

Ni el pensamiento griego en sus diferentes ramificaciones ni el gnosticismo precristiano son el ambiente que puede explicar el origen del evangelio de Juan.

El cuarto evangelio ha brotado de las grandes corrientes religiosas del Antiguo Testamento, de la vida del judaísmo del siglo I, pero particularmente de la tradición cristiana primitiva. Juan conoce las tradiciones de los sinópticos y conoce también el pensamiento de Pablo, y se ha nutrido igualmente de textos litúrgicos (cf. 1,1-18).

Sin embargo, hay que afirmar que la fuente principal, la que explica verdaderamente la existencia del cuarto evangelio, es la experiencia personal que el autor tuvo de la persona misma de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, el Maestro y el Señor (13,13; 20,31).




NOTAS
[1] A. J. Köstenberger, “The Seventh Johannine Sign: A Study in John’s Christology”, BullBibRes 5 (1995) 87-103. El autor no cuenta entre los signos “el caminar de Jesús sobre las aguas” (6,16-21), pero considera “la purificación del templo” (2,14-17) como un verdadero signo.
[2] La palabra “Padre” se registra en el evangelio unas 119 veces, en tanto que la palabra “Dios” aparece sólo en unas 70 ocasiones. S. Carrillo, “El Padre en el evangelio de san Juan”, en íd., El Padre en la revelación bíblica, Dabar, México 1999, pp. 81-124.
[3] R. Bieringer, “Jesus in the Gospel of John”, BibToday 37 (1999) 300-305.
[4] A. García Moreno, “Teología sacramentaria en el IV evangelio”, Salmanticensis 42 (1995) 5-27.
[5] M. É. Boismard – A. Lamouille, Un évangile pré-johannique: Jn 1,1–2,12, Gabalda, París 1993. Los autores opinan que el evangelio de Juan en su forma actual y el evangelio prejoánico representan diferentes traducciones de un mismo original arameo.
[6] B. E. Bowe, “Drama and Storytelling in the Gospel of John”, BibToday 38 (2000) 275-281.
[7] V. Mannucci, Giovanni, il Vangelo narrante. Introduzione all’arte narrativa del quarto Vangelo, Dehoniane, Bolonia 1993. P. F. Ellis, “Inclusion, Chiasm, and the Division of the Fourth Gospel”, StVladTheolQuart 42 (1999) 269-338.
[8] R. E. Brown, Que sait-on du Nouveau Testament? L’évangile selon Jean, Bayard, París 2000, pp. 376-421.
[9] M. Rodríguez-Ruiz, “El lugar de composición del cuarto evangelio. Exposición y valoración de las diversas opiniones”, EstBíb 57 (1999) 613-641. Siria (R. Bultmann), Jordania noroeste (K. Wengst), Éfeso (M. Hengel). El autor opina que el lugar de origen más probable es la opinión tradicional: Éfeso.
[10] Cf. W. Kurz, “The Beloved Disciple and implied Readers”, BThB 19 (1989) 100-107. G. Segalla, RivBib 37 (1989) 351-363.
[11] J. O. Tuñí, “Teología judía y cristología joánica”, RevistLatAmTeol 15 (1998) 139-161.
[12] X. Levieils, “Juifs et Grecs dans la communauté johannique”, Biblica 82 (2001) 51-78.
[13] Cf. O. Cullmann, Le Milieu Johannique, Delachaux & Niestlé, Neuchatel- París 1976. R. E. Brown, La comunidad del discípulo amado, Sígueme, Salamanca, 1983. C. R. Koester – R. E. Brown – J. L. Martín, “Johannine Studies in Restrospect”, BibTheolBull 21 (1991) 51-55. U. C. von Wahlde, “Community in Conflict. The History and Social Context of the Johannine Community”, Interpretation 49 (1995) 379-389. El autor traza el desarrollo de la comunidad juanina en una dirección de gran armonía en un amplio contexto social y eclesial. E. Cothenet, “Les communautés johanniques”, EspVie 107 (1997) 433-440. G. Marcato, “Ricerche sulla ‘Scuola Giovannea’”, Angelicum 75 (1998) 305-331. La Escuela Joánica comprende el evangelio, las tres epístolas y el Apocalipsis.
[14] F. J. Moloney, “Who is ‘The Reader’ in/of the Fourth Gospel”, AusBibRev 40 (1992) 20-33. M. Gourgues, Jean, de l’exégèse à la prédication, Cerf, París 1993.
[15] J. D. Dvorak, “The Relationship Between John and the Synoptic Gospels”, JournTheolSoc 41 (1998) 201-213.
[16] A. García Moreno, “Autenticidad e historicidad del IV evangelio”, ScriptTheol 23 (1991) 13-67. Escritas después de muchos años de predicarlas y enseñarlas, las palabras de Jesús adquirieron nuevo y verdadero significado en el evangelio de Juan.
[17] F. J. Moloney, “The Fourth Gospel and the Jesus of History”, NTStud 46 (2000) 42-58. El autor sugiere que el cuarto evangelio contiene muchos datos sobre el Jesús de la historia: su relación con el Bautista; el llamamiento de los primeros discípulos (1,35-51) y su presencia en el templo de Jerusalén (2,13-22).
[18] M. Scopello, La gnose, une doctrine du salut. Les manuscrits de Nag Hammadi, Le Monde de la Bible 153, 2003, pp. 50-54.
[19] F. Manns, L’Évangile de Jean à la lumière du Judaïsme, SBF, Jerusalén, 1991. El evangelio de Juan como una respuesta cristiana a las decisiones de Yavneh. A. T. Hanson, The Prophetic Gospel. A Study of John and the Old Testament, T. & T., Clark, Edimburgo 1991. Al evangelio de Juan se le llama “profético” porque está lleno de profecías realizadas en la vida de Jesús.
[20] J. J. Müller, “Les citations de l’Écriture dans le quatrième Évangile”, FoiVie 1000 (2001) 394-403.

Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S. (2010). El Evangelio Según San Juan. Estella (Navarra), España: Verbo Divino.